jueves, 9 de octubre de 2014

PRESENTACIÓN

Esta revista escolar nace con el propósito de ser un medio más para la comunicación y participación de toda la comunidad educativa del IES Gaspar Melchor de Jovellanos. Iniciamos con ella un nuevo camino con la colaboración de todos vosotros.
Inauguramos este número piloto con los relatos ganadores del concurso literario IES Jovellanos 2014:



TRASTORNOS por Triana Alés Baldán (2º Bachillerato CCSS)

Había pasado todo el día con mi padre y en ese momento iba camino de hacer un trabajo de filosofía. La verdad es que no me apetecía nada quedar con mi mejor amiga, Irina, sobre todo porque apenas veía a mi padre debido a que él pasaba la mayor parte del tiempo trabajando. Me había llevado a comer a un buffet libre de sushi y después habíamos ido al cine para ver el estreno de la segunda parte de mi película favorita. Me hubiese gustado pasar más tiempo con él, pero tenía que terminar el trabajo. En la puerta de la biblioteca me esperaba Irina, con una sudadera ancha rosa y unos pantalones vaqueros rotos. Parecía más delgada, más incluso que la última vez que la vi.
– Hola. – me dijo con una sonrisa.
 – Hola – respondí seca.
– ¿Te pasa algo, Ángela? – ¿Quieres que te sea sincera? – no esperé a oír su respuesta – no me apetece nada estar contigo ni hacer este trabajo. Acabo de pasar una mañana estupenda con mi padre y esto me la está fastidiando, así que… ¿podemos entrar ya en la biblioteca? Cuanto antes empecemos, antes acabaremos. En cuanto terminé de decirlo, me di cuenta de que mi tono había sido demasiado agresivo y amargo, pero no pedí disculpas debido a mi orgullo. Irina bajó la cabeza y no añadió nada más. Últimamente parecía más triste y débil, como si en cualquier momento se fuera a romper. Pero no le di importancia, ella siempre tenía altibajos. La biblioteca parecía una sauna del calor que hacía. Me quité la chaqueta y la puse en el respaldo de la silla, quedándome con una camiseta de manga corta. Irina se remangó las mangas y pude ver cuán delgada estaba y marcas rojizas en sus muñecas. – Has adelgazado. – No. – respondió segura. – Sí. Estás en los huesos. – Sabes bien que no. Estoy gordísima. – No lo estás. Sabes que siempre soy sincera y no creo que estés gorda. La había visto varias veces en ropa interior y no estaba gorda. Apenas tenía pecho y los huesos de las costillas se le marcaban cuando se estiraba. Su cara era menuda y destacaban unos ojos tan azules como el cielo. No sabía cuánto tiempo hacía que no le preguntaba por su salud. Ella siempre me apoyaba y yo solía responderle seca y borde. – ¿Qué tal? Subió la cabeza y me miró sorprendida. – Bien. Pero yo sabía que no lo estaba. Aunque nos conocíamos hace poco, podía intuir sus emociones aunque ella no lo dijese. Sin embargo, no continué preguntando. Seguimos haciendo el trabajo, hablando solo lo necesario. – ¿Tienes que irte? – me preguntó. – Sí. – respondí – quiero pasar tiempo con mi padre y luego voy a ir al gimnasio. No todas estamos tan delgadas como tú. – dije medio en broma, medio en serio. – No me vuelvas a decir que estoy delgada. Se supone que las amigas son sinceras, y tú me estás regalando todo el tiempo los oídos. Levanté una ceja y la miré confusa. – No lo digo por eso. Pero se fue enfurecida antes de oír mi respuesta. Cerré los ojos y respiré profundamente. Era imposible decirle nada de su físico, pero me parecía increíble que se viera gorda. Me puse los cascos con la música a todo volumen, aunque enseguida se paró y empezó a sonar el tono que tenía asignado a las llamadas. – Hola, papá. – No vengas a casa todavía, Ángela. – ¿Por qué? Aunque yo ya sabía la respuesta. – Tú madre ha bebido y está muy agresiva. – Vaya novedad. – dije irónica. La línea se cortó. No era ninguna sorpresa que mi madre se emborrachara como una cuba y se pusiera a gritar o a golpear cosas. Triste pero cierto, en mi vida eso era lo normal, ya estaba todo lo acostumbrada que se puede estar, porque, ¿cómo narices te acostumbras a que tu madre se emborrache y te pegue? No creo que haya manera humana de hacerlo. Sinceramente -y modestia aparte- no creo que haya muchas personas que sean capaces de soportar lo mismo que yo sin enloquecer. Quizás ya esté loca, pensé alarmada. Pero no. La única que estaba loca (y como una regadera) era mi madre.. Aceleré el paso para llegar lo antes posible a mi casa, ya que el tono de voz de mi padre me hizo preocuparme. En el portal no me encontré con ningún vecino, lo cual fue un alivio porque no me apetecía mantener conversaciones banales con nadie. En cuanto me situé enfrente de mi puerta, sabía que algo iba mal. Todo estaba inquietantemente silencioso, sosegado y tranquilo. Metí la llave en la cerradura, rezando para que mi madre estuviera dormida o se hubiese ido y porque ese fuera el motivo del silencio. Lo que vi fue cuanto menos patético. La mesa del té patas arriba (literalmente), la funda del sofá tirada y ligeramente desgarrada, todas las partes de los móviles de mis padres esparcidas por aquí y por allá; la jaula de mi conejo rota y la tele, que habíamos comprado hace unos meses, tirada con fuerza sobre el suelo. Cogí aire profundamente para armarme con toda la fuerza posible y abrí la puerta que conectaba el salón con el pasillo. Escuché unos sollozos y no tardé en darme cuenta de que provenían del baño. Entré en él y descubrí a mi madre con las manos tapándose la cara. En cuanto me vio, se levantó y se acercó a mí. – Yo… ¡no quería! – dijo nerviosa. El aliento le apestaba a ron barato y me tuve que apartar porque me mareé. Obteniendo una vista completa, me di cuenta de que tenía todo el cuerpo cubierto de sangre. – ¿Qué ha pasado aquí? – exigí casi gritando – ¿dónde está mi padre? Se cayó sobre sus rodillas y volvió a llorar. Me metí en mi cuarto y también estaba desordenado, aunque eso no era novedad ya que, desde que mi madre dormía ahí, siempre estaba así. Estaba cogiendo el móvil para llamar a mi padre y preguntarle dónde estaba cuando oí la puerta principal cerrarse. Mi madre siempre hacía lo mismo: se iba, se emborrachaba, volvía, nos complicaba la vida a todos y volvía a irse. Escuché el teléfono de mi padre sonar y salí de la habitación para entrar en el dormitorio de mis padres, desde donde salía el sonido. Me llevé las manos a la boca y no pude ahogar el grito desgarrado que salió desde mi garganta. Mi querido padre se encontraba tendido sobre la cama de matrimonio que usualmente tenía las sábanas blancas y, ahora, estaban completamente manchadas de rojo. Un cuchillo lleno de sangre estaba tirado de mala manera por el suelo. Me acerqué a él, controlando las lágrimas. Tenía esperanza de que siguiera con vida, aunque, en el fondo, sabía que eso era imposible debido a toda la sangre que había en la habitación. Le toqué el cuello intentando buscarle el pulso. Como no noté nada, lo intenté de nuevo en la muñeca izquierda. Tampoco sentí nada. Mi cuerpo cedió y me tumbé encima de su pecho ensangrentado, sin parar de llorar. Me manché toda la mejilla y los puños de sangre, aunque no me importaba. El pulso me comenzó a temblar y una sensación de mareo se apoderó de mi cabeza. Mi pulso cardíaco se disparó y el pecho me empezó a pesar como si tuviera una ballena encima de él. Ahora sabía lo que no quería hacer mi madre y por qué se fue tan rápido de la casa. En un primer momento, me dieron ganas de coger el cuchillo y buscarla por toda la ciudad para matarla con mis propias manos, pero intenté mantener la cabeza fría y no actuar mediante impulsos. Con una mano temblorosa, marqué el teléfono de emergencias, manchando la pantalla de rojo. – Hola, ¿en qué puedo ayudarle? Intenté ordenar las palabras en mi cabeza para ser más breve y concisa, pero brotaron de mis labios como una ola al romper en la orilla. – Mi padre ha sido asesinado por mi madre, – dije sin apenas pensar – ella ha huido. Creo que le ha matado con varias puñaladas. – Vale, tranquila. – dijo, aunque en realidad no parecía creerme – dinos tu dirección y en unos momentos estaremos allí. Todo me daba vueltas. Tenía un nudo en la garganta y en el estómago que me impedía hablar con coherencia o seguir el hilo de mis pensamientos. Después del impacto inicial, las lágrimas habían cesado. Creo que en ese momento no era consciente de lo que estaba pasando. Llegó la ambulancia junto con una patrulla de policía y me quedé en un rincón del salón mientras tumbaban a mi padre en una camilla y le llevaban en el coche. Después, un policía joven se acercó a mi y empezó a hacer preguntas que iba respondiendo mecánicamente sin expresión en el rostro. Cuando llevaba más o menos cinco minutos esperando en la sala de urgencias a mi padre, llegó otra ambulancia. En la camilla iba una muchacha joven, muy delgada y con los ojos azules. Era Irina. De pronto me vinieron cientos de imágenes a la cabeza. Ella y yo cuando nos conocimos, todas las veces que me apoyó incluso cuando yo había sido borde con ella. Todas las veces que había pagado la frustración que sentía con mi familia con ella. "Las verdaderas amistades duran, aunque no estén juntas". Esa fue la primera frase que se me ocurrió. Corrí detrás de la enfermera, olvidándome por un momento de mi padre. – ¿Qué ha pasado? – Se ha intentado suicidar. Me quedé atónita. Sabía que Irina no era una persona muy feliz, pero siempre lo había achacado a que tampoco es que fuera una persona muy expresiva y alegre. Nunca hubiese pensado que iba a acabar así. De repente conecté todos los hilos: su exagerada delgadez, las marcas y rojeces en las muñecas, su espontánea agresividad cuando la hablaba de su físico y su poca confianza en sí misma... ¿Cómo había tenido tan cerca un caso de bulimia y no lo había notado? Me sentía como la peor persona de este mundo. – ¡Ángela, Ángela! – el psicólogo me mueve y despierto del sueño en el que me había metido voluntariamente. Me toco la cara y descubro que he llorado. – ¿Cuántos años tenías cuando te pasó eso? – Dieciséis. – Hace diez años de eso. Sonrío irónica. – Ya ves. Diez años y aún no he olvidado el día en el que empecé a caminar sola por el mundo. – ¿Qué pasó después de eso? – Irina murió. Era bulímica. Yo era su mejor amiga y no lo sabía. Se cortó las venas. Cuando su madre llegó a casa, era demasiado tarde porque había perdido mucha sangre. – me quito una lágrima que resbala por mi mejilla – No pude despedirme. Tampoco le dije lo mucho que la quería y lo importante que era para mí. Era mi única amiga – sonrío sarcásticamente – y la perdí por no cuidarla. El doctor me pasa un paquete de pañuelos, que uso para limpiarme los restos de maquillaje. – ¿Y tus padres? Cojo aire. – Mi padre murió porque mi madre, durante una pelea, le apuñaló varias veces. Encontraron a mi madre y la mandaron a un psicólogo. Por lo visto tenía un trastorno de personalidad bastante grave. A mí me mandaron a vivir con mi abuela. – ¿Te sientes responsable de sus muertes? Tardo unos segundos en contestar. Es una pregunta que me he hecho millones de veces a mí misma, pero que nunca nadie se había atrevido a formularme en voz alta. – Sí. – confieso. – No lo eres. Tú no tienes la culpa de que Irina se quitara la vida, ni de que tu madre tuviera un trastorno de personalidad. – Pero sí tengo la culpa de no haberla apoyado y también debería haber estado al lado de mi padre cuando a mi madre le dió el ataque. – No puedes culparte. Debes perdonar a tu madre y también debes perdonarte con el mundo. Pero, sobre todo, perdonarte a ti misma. – No me puedo perdonar. Sebastián, mi psicólogo, me sonríe. – Creo que sé cómo te sientes. Desde que pasó el accidente, todo el mundo te trata como si fueras una bola de cristal muy frágil que enseguida se fuera a romper. Sin embargo, yo sé que no eres así. Hay que ser muy fuerte para no derrumbarse ni irse por el “camino fácil”cuando te pasan estas tragedias. Y también hay que ser muy valiente para levantarse todos los días e intentar sobrellevar ese dolor. – No quiero olvidarles. -confieso. – No consiste en olvidar. Han sido una parte importante de tu vida, no puedes ni debes olvidarles. Simplemente consiste en aprender a enfocar tu dolor hacia algo positivo. ¿No te gustaría que sus muertes pudieran cambiar algo? – No le deseo a nadie que pase por lo que he pasado yo. – ¿Cómo crees que lo podrías hacer? – Me gustaría hacer saber al mundo que el maltrato de género no solo es del hombre contra la mujer, sino también de la mujer hacia el hombre y quiero dar la fuerza necesaria para que las personas maltratadas física y psicológicamente (tanto hombres, como mujeres, como niños), saquen su voz y griten por sus derechos y que jamás se dejen pisotear por nadie, porque todos somos tan válidos como los demás, sin importar la raza, ni el sexo, ni la edad, ni la orientación sexual. Me vuelve a sonreír. – También deseo que la gente empiece a tomar los trastornos alimenticios como algo serio, porque muere gente por su causa. Y quiero cambiar la sociedad en la que vivimos, ya que no es justo que se etiquete a las personas sin conocerla y me parece extremadamente vergonzoso que, en pleno siglo XXI, haya personas que quieran cambiar su físico para agradar a las demás. Cuando no se tienen argumentos válidos, se usan los argumentos inválidos, es decir, criticar el físico. – Yo tenía una profesora que solía decir que el mundo se puede cambiar, siempre y cuando tengas muchos deseos de hacerlo. Pero, primero, tienes que cambiarte a ti misma y obtener confianza. Si no crees en ti misma, ¿cómo vas a enseñar a los demás a que lo hagan? Suspiro. – Por eso estoy aquí. Quiero empezar una nueva vida y para eso tengo que superar este trauma. – Lo vamos a conseguir. Y le creo. Porque es la primera persona desde Irina y mi padre que confía en mí incluso cuando ni yo misma lo hago.


 Relato de Yeray Fernández Moreno (ACE Peluquería)



Me desperté sobre las doce, me duché y me asomé a la ventana, entonces vi como siempre a Miguel saliendo de casa, camino de su trabajo a las dos de la tarde. Yo me dirigí hacia su casa, pensando siempre lo mismo, por qué le traicionaba y me hacía daño a mí mismo.
Llegué a la puerta y llamé, como siempre Sandra me abrió y me invitó a entrar, tras de mí la puerta se cerró y ella me tocó la espalda, yo me di la vuelta y ella se acercó y nos dimos un beso largo e intenso.
Habían llegado de vacaciones hace dos días, habían estado dos semanas en París, dos semanas sin verla y sin tocarla. Poco a poco me fui enamorando de ella, pero era algo imposible, ella era la mujer de mi amigo de la infancia y yo estaba pasando noches enteras con ellas.
Pasamos la tarde juntos, a las ocho y media volvimos a casa, me puse a ver la televisión y a eso de las nueve y media sonó el timbre de mi casa. Era Miguel, quería ir a tomar una copa conmigo. Como siempre, él pidió vino para empezar, los dos hablamos de cuando éramos pequeños y jugábamos en mi casa a cuevas y dragones. Empecé a sentirme culpable, no podía crear lo que llevaba haciendo desde hace dos años con su mujer.
Él propuso ir al día siguiente al mar a navegar. Ese día me levanté a las ocho de la mañana, ya que había quedado con Miguel a las nueve en el porche de su casa. Después de dos horas en el coche llegamos a la costa y subimos al barco, y ya en el mar nos pusimos a conversar, la costa todavía se apreciaba bien.
Entonces, me armé de valor y le conté lo que estaba pasando con su mujer. Su mirada se quedó perdida y su cara pálida, no dijo nada. Desde ese momento hasta que llegamos a casa, hubo silencio.
Cuando llegué a casa, intenté dormir pero no lo conseguí. A las 4 de la madrugada escuché ruidos, me asomé a la ventana y lo único que pude apreciar fue a Miguel con un saco grande, parecía pesado. En ese instante, pensé en que había cometido una locura, acabando con la vida de Sandra.
No quise pensarlo más y por miedo o por otras razones que no controlaba,  cogí una bolsa con ropa y me monté en mi coche. Me alejé de allí lo más rápido posible y me alojé en un hotel cercano a la costa.
Al amanecer me asomé por la ventana y vi el coche de Miguel entrando en el puerto. Una parte de mi decía que fuera a hablar con él. Cuando conseguí llegar a él, me miró con una mirada más propia de una persona desequilibrada.  Le hablaba pero parecía que él no escuchaba.


De repente me dijo, “Hoy han muerto dos personas, mi mujer y mi hermano”; de ella me lo esperaba,  pero de ti nunca.
Al oír esto me quedé paralizado, seguidamente vi a lo lejos su barca con el saco que Miguel llevaba.
Me tiré al mar para alcanzar el barco, estaba muy lejos y la corriente me llevaba pero era importante llegar al barco y comprobar si Sandra estaba allí.

Conseguí llegar al barco, dentro del saco estaba Sandra, pensaba que estaba muerta, comencé a llorar. Pero de repente observé que lentamente respiraba, comprobé su latido, y por suerte seguía viva, la abracé y la prometí que nunca más la dejaría sola ni nos separaríamos.